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Algunos piensan que la mejor manera de garantizar el propio bienestar es aislarse de los demás y concentrarse en la felicidad propia, sin tener en cuenta lo que les pase a los demás. Probablemente, asumen que si todo el mundo hiciera lo mismo, todos seríamos felices. Pero el resultado sería exactamente el contrario: en lugar de ser felices estarían divididos entre la esperanza y el miedo, acabarían probablemente teniendo vidas muy tristes y amargándoles la vida de quienes les rodean.”– Matthieu Ricard

Según con el monje budista e investigador de la felicidad, Matthieu Ricard, la mejor manera de vivir es siendo compasivos con los demás.

La compasión abarca una amplia gama de cualidades humanas. Surge del “amor desinteresado” – el deseo de que todos los seres encuentren la felicidad y no sufran. El interés por los demás y la empatía surgen de manera natural, mientras comenzamos a ver nuestros propios valores y deseos reflejados en los de los demás. En el fondo, es obvio que nadie quiere sufrir. Es algo que tenemos en común. Y ya sabemos lo que nos duele sufrir…

Por otro lado, un exceso de empatía puede debilitarnos. Si sentimos y absorbemos el dolor y el sufrimiento de los demás, sin reaccionar de manera adecuada, podemos hundirnos en un pozo de tristeza, deprimidos por las circunstancias que nos rodean. La compasión ayuda a transformar este interés profundo por otros en la acción adecuada que les ayude. Busca, no solo empatizar con el sufrimiento ajeno, si no también aliviarlo actuando con ese objetivo. Esta sencilla historia es un poderoso ejemplo de cómo la compasión de una personas corriente ayudó a cambiar a un adolescente con problemas:

Julio es un trabajador social del Bronx. Cada noche después del trabajo, termina su trayecto de una hora en el metro hasta el Bronx una parada antes de la suya para poder cenar en su restaurante favorito. Una tarde, salió del tren y en el andén vacío, un joven le amenazó con un chuchillo para pedirle dinero. Díaz simplemente le dio su cartera y le dijo, “Aquí tienes”. Mientras el adolescente comenzaba a alejarse de él, Díaz le gritó “Hey, ¡olvidas algo! Si vas a estar robándole a la gente toda la noche, necesitarás mi abrigo para no pasar frío”. El chico le miró sorprendido y le preguntó a Díaz por qué estaba haciendo eso. A lo que él le replicó: “Mira, si estás dispuesto a arriesgar tu libertad por unos cuantos dólares, realmente debes necesitar el dinero.” Entonces, le invitó a cenar con él –si quería– ya que le pareció que el joven necesitaba su ayuda de verdad.

En la cena, Díaz sorprendió al adolescente con su amabilidad con todo el personal del restaurante. Al final de la comida, Díaz miró al chico y le dijo, “Bueno, tendrás que pagar tú, porque tienes mi cartera”. Los dos rieron. Díaz se ofreció a pagar la cena si le devolvía la cartera. Sin dudarlo, se la devolvió inmediatamente. Al final de la velada, cuando estaban a punto de marcharse, Díaz le ofreció 20 dólares y le pidió algo a cambio: el cuchillo. También sin dudarlo, se lo entregó.

Esta historia refleja perfectamente cómo enfocarnos en el karma, con un mensaje muy simple pero muy potente:

“Si tratas bien a la gente, no puedes más que esperar que ellos también te traten bien a ti. Algo bien simple para un mundo tan complicado.”

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